domingo, abril 08, 2007

Destructividad Marginal

No hace mucho escribía acerca de la diferencia entre interacciones marginales e interacciones estratégicas. Es quizá el momento de dar una mirada a las consecuencias de ambas, en un ámbito sencillo y relativamente bien estudiado: las consecuencias del sindicalismo, el gremialismo y la colusión empresarial.

En una sociedad las relaciones entre los agentes son de dos clases: relaciones colectivas y estratégicas o relaciones individualistas y marginales. El sistema de libre empresa, donde los empresarios pujan individualmente por los servicios de los trabajadores es individualista y marginalista: todos los agentes se relacionan atomísticamente y el salario de un agente es su aportación marginal para aumentar el producto: es decir, su productividad marginal. Si el empresario intenta rebajar el salario por debajo de la productividad del trabajador, otro empresario pujará por dicho trabajador, con beneficio para él mismo y para el trabajador. Por otro lado, ningún empresario contratará a un trabajador que aporte menos de lo que cobra. En conjunto las rentas salariales en una economía de mercado están rígidamente restringidas por la productividad marginal y la ley del precio único.

Una de las consecuencias de un sistema salarial basado en la libre empresa es que dos trabajadores que desempeñan trabajos semejantes deben recibir salarios similares. Por ejemplo, un conductor de autocar privado y un maquinista del Metro tienen trabajos semejantes, y deberían recibir sueldos parecidos. En Madrid probablemente el maquinista recibe un salario un 50% superior al del conductor. ¿Por qué? El lector sospecha (fundadamente) que no porque se lo merezcan.

El sistema de determinación salarial en las grandes empresas no está basado en el individualismo contractualista, sino en los arreglos colectivos entre empresarios y trabajadores. El salario en estas condiciones no es un precio, sino el resultado de un pulso negociador entre sindicatos y empresa. Desde luego, el mercado interviene en ese pulso, ya que si la empresa cede demasiado, sus beneficios y su solvencia se ven afectadas. Pero existe un espacio para la negociación y el regateo, que dependen no de la capacidad de cada trabajador para aportar a la producción, sino de la capacidad de los sindicatos para dañar a la empresa o para generar problemas políticos que obliguen a la Administración a arbitrar en las disputas laborales.

¿Como funciona una sociedad altamente sindicalizada? El nivel salarial de los trabajadores no depende, como ya hemos sugerido, de su productividad marginal, sino muy al contrario, de la destructividad marginal del grupo gremial al que pertenecen. El trabajador ve depender sus ingresos de la capacidad que tiene para provocar fuertes disrupciones en el proceso productivo, tanto de su propia empresa como del conjunto de la sociedad.

Para fijar ideas, volvamos al conductor de autocares y comparémoslo con el maquinista: el conductor trabaja con un capital igual al valor del autocar (alrededor de 500.000 euros), mientras que el otro pilota un convoy que vale varios millones, por una infraestructura que vale miles de millones. Uno de ellos es capaz de llevar a unos 80 viajeros en cada momento, mientras que el otro lleva casi mil. Ambos aportan un trabajo similar, de similar cualificación, pero debido a que el trabajador del Metro usa mucho mas capital, con la misma aportación laboral, el trabajador del Metro tiene mucha más capacidad para provocar una disrupción del servicio. En un mundo con interacciones individualistas la ley del precio único haría que ambos ganasen lo mismo, ya que aportan lo mismo (su diferente capacidad de producción es un resultado de las diferentes cantidades de capital per capita que manejan). En un mundo altamente sindicalizado, el trabajador del Metro puede secuestrar mucho más capital, y tiene más poder de negociación. Secuestrar capital, no es más que secuestrar el trabajo de aquellos que construyeron la vía y el convoy: en realidad de los ahorradores que poseen la vía y el convoy y pagaron a otros trabajadores por ellos.

En términos estilizados, el sindicalismo permite que los trabajadores de industrias altamente capitalizadas expropien unas rentas de privilegio, a costa de los consumidores y de los ahorradores. Es decir, los trabajadores de industrias altamente capitalizadas ganan y los trabajadores de empresas de baja capitalización pagan el pato como consumidores. Desde luego, el sindicalismo y los movimientos de izquierdas han contribuido a lograr algunos derechos universales, cuyas consecuencias, a veces buenas y otras malas, no voy a analizar ahora. Pero cada vez que el trabajador de la empresa de al lado consigue una subida de sueldo o un día extra de vacaciones en su convenio colectivo, piensa que va a salir del bolsillo de los consumidores y los ahorradores: tú mismo, por ejemplo.

El sindicalismo es un cartel laboral, y debería ser visto con el mismo desprecio que merecen los cárteles empresariales. Sus consecuencias son equivalentes, y además ambas clases de cárteles coluden entre si, en eso que llamamos “negociación colectiva”, es decir, un pacto entre empresarios y sindicatos para fijar precios laborales a costa del resto de la sociedad: parados, consumidores y trabajadores de sectores menos capitalizados.

En conjunto, el auge del sindicalismo estuvo vinculado al sistema de producción taylorista y con altas economías de escala, donde las rentas de oligopolio resultaban relativamente inevitables (especialmente con la contribución del Estado) y los sindicatos pretendían participar en ese pastel. Nuestra sociedad con una economía de servicios, industria ligera y mercados liberalizados en casi todos los sectores no tiene márgenes para el sindicalismo, salvo en algunos sectores industriales, como el transporte, donde los abusos sindicales continúan dañando a la sociedad.

En un sistema capitalista la cuestión esencial es “¿qué limita los beneficios?”. El sindicalismo pretende que sea la presión de los trabajadores, mientras que el economista afirma que debe ser la competencia de otros empresarios.

8 Comments:

At 9:06 p. m., Blogger Wonka said...

Me encanta lo de la "destructividad marginal": un hallazgo. Sobre las posibilidades actuales del sindicalismo, puede mencionarse su gran presencia en servicios públicos, de nuevo por la razón que tú señalas. En este caso no necesariamente tienen "poder" porque se trate de sectores muy capitalizados, sino porque su potencial de "destrucción"--por otras razones--es muy grande.

Otra cosa: no necesariamente tienen por qué hacerse los acuerdos colectivos en una gran empresa industrial, por ejemplo, a costa de los consumidores. Dependerá de si éstos pueden acudir a otra empresa a obtener los mismos bienes o servicios, ¿no? Si hay competencia, la extracción de rentas no va.

 
At 11:40 p. m., Anonymous naixin said...

Al día de hoy se ha montado por diversos procedimientos una situación de hecho que hace dificilísima la existencia real y digna de sindicatos nacionales distintos de UGT y CCOO.

La hegemonía sindical de la izquierda parece consolidada y, por lo tanto, el equilibrio democrático, notablemente dañado a favor de la izquierda que puede, entre otras cosas, orquestar entretenidas huelgas en campaña electoral.

 
At 12:36 a. m., Anonymous Anónimo said...

"no necesariamente tienen por qué hacerse los acuerdos colectivos en una gran empresa industrial, por ejemplo, a costa de los consumidores. Dependerá de si éstos pueden acudir a otra empresa a obtener los mismos bienes o servicios, ¿no? Si hay competencia, la extracción de rentas no va"

Buena parte de los acuerdos son sectoriales. En ese caso, desde lugo todavía queda la competencia internacional. Pero los sectores más sindicalizados lo son precisamente porque la extracción de rentas es posible, o la facilita el Estado.

Kantor

 
At 5:53 a. m., Blogger ISIDORO LAMAS INSUA said...

Sencillamente espléndido.

 
At 3:07 a. m., Anonymous Poldec said...

El artículo es de lo mejor que he leído de Economía del mercado del trabajo. Debería publicarse en revistas especializadas.

Este podría ser un tema a tratar en una tesis doctoral.

Repito lo dicho por Isidoro Lamas "sencillamente espléndido". Y ya no digo nada más, que parezco un pelota (jeje).

Saludos

 
At 10:19 a. m., Anonymous teseo said...

Porque para eso ya tengo otros blogs, je, je.
Éste que has leído es puro desahogo.
Saludos.

 
At 8:51 p. m., Anonymous seleucus said...

Una entrada muy aguda.

 
At 9:24 a. m., Anonymous Espectador said...

¡Espléndido!

La coacción de los Sindicatos es consecuencia solo de su poder destructivo monopolista.

En la Inglaterra pre-Tatcher se dieron casos extremos de esto. Fábricas de automóviles con miles de obreros eran paralizadas por la huelga de una decena de empleados, encargados de trasladar los coches terminados desde el final de la cadena de montaje a los patios de estacionamiento. Casi cualquiera de los obreros de la fábrica habría podido sustituirlos, pero ese trabajo era privilegio de una rama especial de las Trade Unions, y ello hubiera sido intrusismo sindical. No es necesaria pues una especialización extrema, como en el caso de los universalmente odiados controladores aéreos; basta disfrutar de un monopolio. Similarmente, y volviendo a Inglaterra, si un tornillo se aflojaba en cualquier fábrica, solo podía ser apretado por un trabajador de un gremio concreto, creo que el de caldereros, y no por ningún obrero de otra Unión o un ingeniero. Las fábricas inglesas eran pues extremadamente ineficientes y no competitivas.

Pero pueden ser vencidos. La Tatcher se enfrentó a muerte con ellos, y rompió la espalda (frase cruel traducción de la expresión inglesa) de las Trade Unions. Quizás este sea el momento de hacer otro tanto aquí, dado el descrédito que los sindicatos verticales gubernamentales UGT y CCOO han acumulado. Por ejemplo, muchos funcionarios no pensamos secundar la huelga que han decidido por su cuenta, sin preguntar a nadie, ni siquiera a sus escasísimos afiliados. Nos fastidia ser los único a los que por el momento se exigen sacrificios por una crisis en la que no tenemos responsabilidad, pero no pensamos hacerles el juego a estos parásitos.

 

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