sábado, abril 30, 2005

Teorema de Coase y fundamentación del Estado

En Liberalismo.org nos han obsequiado ya con varios artículos tratando de demostrar que no existen los bienes públicos. Aunque yo no soy liberal, reconozco que me gustaría que tuviesen razón. Mi utopía consistiría en una sociedad donde todos los bienes y servicios, incluyendo la defensa o la seguridad fuesen producidos en régimen de mercado, y el Estado no consistiese más que en un ordenador dedicado a hacer (limitadas) transferencias redistributivas. Que afectase la distribución secundaria de la renta sin participar en la producción.

Desgraciadamente, como tantas otras utopías, el Segundo Teorema del Bienestar tiene un montón hipótesis y el socialismo de mercado redistributivo (en oposición a socialismo productivo) no puede ser totalmente implementado. Hoy voy a explicar por qué el Estado tiene que efectuar pagos no redistributivos e incluso producir ciertos bienes.

En primer lugar, no voy a hablar de bienes públicos, sino de externalidades. En efecto, los bienes públicos, es decir aquellos que su productor no puede internalizar ganancias en absoluto son escasos. El más clásico es la defensa nacional y los libertarios reconocen que no saben resolver ese problema. No hurgare en esa herida fácil

Lo que hay son bienes con fuertes externalidades, es decir operaciones de producción que generan efectos negativos o positivos sobre terceros, que el productor “egoísta” no toma en cuenta en su plan empresarial (nótese que ya me he acostumbrado a la jerga austriaca).

El caso más conocido es el de la contaminación. Imaginemos un lago con un pescador y una industria en la orilla.

La empresa puede producir y verter residuos, con lo que afronta unos costes nulos, pero el pescador pierde 9.000.000 euros. Por otro lado puede gastar 4.000.000 euros en una depuradora.

Si la empresa tiene derecho a contaminar el lago, en principio lo hará y el pescador perderá 9.000.000 euros. ¿No? No, claro. El pescador tiene la opción de pagar a la empresa los 4.000.000 euros de la depuradora, ahorrándose la perdida de los 9.000.000. Si la empresa no tiene el derecho a contaminar, entonces el pescador no le deja hacerlo y la empresa compra la depuradora. El resultado esta claro: la solución optima (es decir la que minimiza las pérdidas) se toma no importa cual sea la estructura de la propiedad. Esto se llama Teorema de Coase.

La idea de que las externalidades podrían resolverse a través de procesos de negociación, una vez establecidos los derechos de propiedad ha sido una de las más revolucionarias de la economía moderna.

Pero no es tan fácil. Ahora imaginemos que el lago no pertenece a un pescador, sino que esta parcelado en trozos (para fijar ideas imaginad que el lago es circular y esta divido en 100 trozos iguales, como un pastel). La contaminación hace perder a cada pescador 9.000.000/100=90.000 euros. Todos los pescadores tienen derecho a permitir a la empresa contaminar su trozo. Bien, entonces lo que ocurre es que cada pescador, a cambio de mas de 90.000 euros (pongamos 180.000) estará dispuesto a dejar a la empresa que vierta en su parte. Claro, al contaminar en su parte, la empresa también destruye el resto del lago. Si la empresa puede verter por 180.000, ¿Por qué gastar los 4.000.000 en la depuradora?

¿Pueden los pescadores ponerse de acuerdo y pagar entre todos por la depuradora como en el caso anterior? No: Aunque cada uno podría pagar 40.000 euros, ninguno lo hará. Si los 99 restantes se ponen de acuerdo (y pagan 41.000 cada uno, lo que harían de quedarse solo uno fuera, porque aún así ganarían) y hay depuradora, el otro no paga su parte pero aún recibe sus 90.000 euros. Todos tienen incentivos a no pagar y a disfrutar de la depuradora.

Supongamos que cada pescador tiene derecho a vetar la contaminación de su parcela (y por tanto de todo el lago), y ahora imaginemos que es lo contrario: la depuradora vale 9.000.000 euros y los beneficios de la pesca en el lago son 4.000.000. Entonces si los 99 restantes se ponen de acuerdo en recibir, por ejemplo 60.000 cada uno y renunciar a la pesca, dejando el lago para la industria, el último exigirá a la empresa 8.000.000-99*60.000=2.060.000, y aun así la empresa tendrá un beneficio de 1.000.000. Todos tienen incentivo a ser el último a entrar en el contrato, así que nadie será el primero. Es decir no habrá contrato y el resultado optimo (en este caso, contaminar) no se alcanzará. Problema de acción colectiva.


¿Por qué no posible llegar al óptimo con propiedad dividida? Porque la depuradora una vez en uso evitara la destrucción del lago incluido la parte del que no paga. Y porque si todo el mundo tiene derechos de propiedad (aunque limitados) sobre la parte del lago que no es suya, todos tienen incentivos a usar ese derecho para acaparar el valor de la propiedad ajena, (como se ve en el ejemplo anterior).

¿Por qué no es posible con múltiples usuarios encontrar un óptimo a través de negociaciones? La respuesta esta en la naturaleza intrínsicamente común de la propiedad sobre el agua del lago. Como la contaminación se difunde a través del líquido, no hay forma de vallar la parte del lago de cada individuo. No es por tanto posible poseer derechos de contaminación sobre una parte. La propiedad del lago como sujeto de contaminación es necesariamente común. Una sociedad anónima que gestionase en nombre de los propietarios (en proporción a la propiedad de cada uno) los derechos de contaminación del lago sería una solución perfecta para el problema, siempre que la pertenencia a ella fuese obligatoria. OBLIGATORIA. O sea, coacción para superar un problema de acción colectiva.

Es evidente que no todos los bienes son privatizables y es aún más evidente que algunos bienes son escasos. Cuando un bien no privatizable es además escaso (es decir, es un bien económico) resulta que es un bien público.

Y debe ser gestionado en común. Con esto no digo que haga falta Estado. Imaginemos que la apropiación original del lago hubiese sido hecha por un solo individuo. El haría lo siguiente: vendería parcelas a otros con derechos limitados (es decir sin derechos sobre la contaminación) y después esos derechos los depositaria en una sociedad anónima participada por cada propietario en relación a su lote de propiedad. Esa compañía en caso de una oferta de contaminar, decidiría en común y de aceptarse la contaminación del lago, las ganancias de la sociedad (con beneficios) serían el precio de la parcela.

Eso sería una solución ideal, pero adolece del problema de que exige que se hiciese así en el momento de apropiación original. Por eso es necesario que exista un sistema legislativo que delimite la propiedad de forma que los bienes intrínsecamente comunes no sean (ficticiamente) divididos. Por ejemplo, que la propiedad de una parcela del lago no implique derechos de contaminación o de veto sobre el total.

Esto me lleva a pensar en un ejemplo más realista: Kyoto. Bien, no estoy en condiciones de afirmar o desmentir los hechos científicos sobre los que se asienta el protocolo de Kyoto. Pero si estos fuesen ciertos, es decir si existiese el efecto invernadero y fuese una amenaza, la solución adoptada en forma de derechos de contaminación comerciables es óptima. Dado que la atmósfera en su conjunto no es un bien privatizable, la mejor solución para gestionar un problema global de contaminación no puede ser otra que poner su gestión en manos del Estado (¿mundial?) y que este los revenda mediante subasta.

Decir que el Teorema de Coase nos enseña a superar las externalidades estableciendo derechos de propiedad es olvidar que precisamente las externalidades son un resultado de la dificultad técnica de establecer esos derechos.

Conforme los bienes son menos divisibles la importancia de mantener la propiedad común aumenta. La seguridad, por ejemplo, es así: en un mundo sin policía pública, todo el mundo tendría más incentivos a ejercer la seguridad pasiva (vigilancia) que la persecución del criminal. Las carreteras son análogas al caso del lago que un solo propietario impide contaminar. Conforme una empresa fuese avanzando en la carretera, los propietarios de las tierras por las que fuese a pasar exigirían más y más dinero, extrayendo el beneficio empresarial y haciendo la construcción imposible.

Las grandes infraestructuras, la seguridad (activa), en parte la propiedad intelectual, o la educación crean enormes externalidades porque el propietario crea un valor que no puede internalizar. La contaminación también crea externalidades. A base de subvenciones o incluso (en las carreteras) expropiaciones o producción publica (policía) el Estado debe organizar las necesarias acciones coactivas para superar los problemas de externalidades y acción colectiva.

¿Que es pues el Estado? El proveedor y propietario de los bienes económicos no privatizables. Si la propiedad de un bien es necesariamente común a nivel local, debería ser gestionada y recaudados los impuestos a ese nivel (por ejemplo las calles, o la contaminación de las aguas), si es común a nivel nacional (defensa) debe ser gestionado y recaudados los impuestos también a ese nivel.

lunes, abril 04, 2005

Nietzsche y Yourcenar

Ningún filósofo ha sido más influyente y controvertido en el s.XX que Friederich Nietzsche. Unos han visto en el una vindicación de la crueldad o incluso del totalitarismo. Ideologías no solo atroces, sino intelectualmente irrelevantes han usado los conceptos de “superhombre” y “voluntad de poder” para justificar su propia mezcla de mediocridad y salvajismo.

Pero la obra de Nieztsche trata, por primera vez desde la modernidad, de las consecuencias profundas del ateismo y de la soledad del hombre en un mundo sin más contenido que el que él mismo sepa darle.

La existencia o no de Dios, como hice notar aquí, no tiene en si misma mayor relevancia para la vida humana. Desgraciadamente, al decretar la muerte de Dios, el hombre decreta también la suya propia. Evaporada la esperanza de inmortalidad, pero no apagada la sed de infinito, nos vemos obligados a buscar la infinitud durante nuestra efímera existencia. Esa búsqueda sin tregua ni esperanza, de la trascendencia y la pasión en lo inmanente, es el espíritu Dionisiaco. Su complemento natural es la suave melancolía Apolínea, la resignación serena y voluptuosa ante el paso del tiempo.

Nietzsche, a pesar de su ridículo auto-bombo, era dolorosamente consciente de las limitaciones de su obra. Lo inefable no se puede transmitir en forma de argumentos, o al menos no solo en forma de argumentos. El sabía que su filosofía no era más que unas notas a pie de página de una obra artística todavía no nacida.

Creyó encontrar en Wagner al intermediario que iba a convertir su visión intelectual en potencia estética, pero pronto se dio de que la madurez serena y vital que el identificaba con “el superhombre” (y que tanto difería de su propio carácter) no la podía encontrar en la pomposidad decimonónica del compositor.

Ha sido mucho después de la muerte del filosofo cuando finalmente alguien ha sabido tomar la pluma para describir al superhombre. ”Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar es quizá la novela más hermosa del siglo pasado. Yourcenar relata en primera persona la vida del emperador Adriano, el más importante de los Antoninos, esa formidable dinastía de hombres de Estado que gobernó Roma durante el s.II, y que ha dado a la posteridad un ejemplo inmortal de grandeza e ilustración.

En Adriano se combinan sin esfuerzo la habilidad pragmática del estadista, la curiosidad inagotable del filósofo y la cuidadosa voluptuosidad del amante: “He hecho de mi vida una obra de arte”.

Adriano no aspira a la inmortalidad de la Historia, sino a la inmortalidad del momento. Ante la tumba de su gran amor, el joven Antinoo, hace la siguiente reflexión:

“Los siglos contenidos en el seno opaco del tiempo pasarán por miles sobre esa tumba sin devolverle la existencia, pero sin añadir nada a su muerte, sin poder impedir que un día hubiese sido”

El vitalismo no es sino un tibio consuelo ante la eternidad de la muerte, y por eso de entre todas las filosofías de la Antigüedad, ninguna es más atractiva ni más melancólica que el epicureismo. Pero nuestro superhombre no busca solo los placeres de los sentidos, sino también los de la acción. Para él la construcción de imperio, la actividad política es su forma de transformar el universo y disfrutar la plenitud de la existencia. Para el Adriano de Yourcenar, la política (pero podría haber sido la literatura, o la ciencia igualmente) es a la vez un desafío personal y un imperativo moral:

”Quería que a todos llegase la inmensa majestad de la paz romana, insensible y presente como la música del cielo en marcha; que el viajero más humilde pudiera errar de un país, de un continente a otro sin formalidades vejatorias, sin peligros, por doquiera seguro de un mínimo de legalidad y cultura (…) quería que en un mundo bien ordenado tuvieran los filósofos su lugar, y también los bailarines (…) este ideal, modesto al fin y al cabo, podría llegar a cumplirse si los hombres pusiesen a su servicio parte de la energía que gastan en trabajos estúpidos o feroces”

Pero conoce las limitaciones de toda obra humana:

“Me repetía que era vano esperar para Atenas y Roma esa eternidad que los más sabios de entre nosotros niegan incluso a los dioses (…) Las costumbres menos rudas, el adelanto de las ideas durante el ultimo siglo, han sido obra de una intima minoría de gentes sensatas (…) Veía volver los códigos salvajes, los dioses implacables, el despotismo incontestado de los príncipes bárbaros”

Roma y Atenas no han perecido. Siguen vivas en los pueblos de Occidente y en las ideas que los animan. Las ruinas del Coliseo o más aún, la belleza intacta del Panteón, bajo cuya cúpula pensé este post hace cerca de dos semanas, me han recordado que merece la pena el esfuerzo de crear un mundo donde hombres como Adriano no sean solo posibles, sino incluso corrientes.